El día que la Philomobile pasó por Villarejo de Salvanés

 LA MEJOR MANERA DE HACER FILOSOFÍA ES USAR EL IDIOMA DE LA GENTE. TODO EL MUNDO SABE QUÉ ES LA FELICIDAD, QUÉ ES LA MUERTE, LO DIFÍCIL ES DECIRLO. POR ESO LA FILOSOFÍA VIENE A LA GENTE.

Hace buen tiempo en Villarejo de Salvanés. El sol, generoso durante esta mañana, brinda calor a quienes transitan por las calles.

Aquellos que en medio de su paseo cotidiano acostumbran mirar alrededor, se encuentran con flechas amarillas fijadas en árboles, paredes y postes. Señalan el camino hacia la Plaza de la Iglesia y  en ellas se lee “La Philomobile” con una furgoneta de fondo. 

“Espacio reservado” son las letras que destacan en el suelo. En este lugar está previsto que aparque la filósofa Laurence Bouchet, quien emprende un viaje desde Francia hasta Marruecos, con parada en Madrid y también en Villarejo, para realizar diálogos filosóficos con personas de distintos pueblos y culturas, recolectando maneras de pensar de los otros, confrontando ideas diferentes, hallando puntos de encuentro.

Es casi mediodía y la Philomobile se estaciona en su sitio. Laurence Bouchet viaja junto a Rachida, Dominique, Choukri y Bruno. Llegan para filosofar con los abuelos y los nietos en una actividad intergeneracional, multicultural y artística en la Casa de la Tercia. Laurence y sus compañeros recorren algunos rincones del pueblo para aclimatarse. Mientras, en el salón donde sucederá la magia de filosofar, todos los detalles están preparados.

Una invitación a filosofar

Laurence afirma que dentro de la diversidad de identidades, la razón es algo que nos une. Esta reflexión indica el carácter universal de la humanidad, una característica que se hace palpable en el transcurso de la tarde. Es hora de comer: los cinco viajantes, además de Mercedes, Ana y Diego, de Philo Trivium; los artistas Ernesto y Maru; Esther, Antonieta y María Laura, integrantes de Al Fresco, compartimos la comida, pero también las ideas.

Durante este lapso de tiempo sucede un intercambio cultural maravilloso, representado por la mezcla de idiomas, sabores, aficiones, opiniones. A lo largo de las mesas que unimos, conversamos unos con otros, argentinos y franceses, españoles y venezolanas, marroquíes y canadienses, vinculados por la filosofía y el arte, prácticas que traspasan fronteras, donde los temas que salen a relucir son los que siempre nos concierne: la necesidad vital de crear.

Ahora, que es momento de arrancar con la actividad, volvemos todos a la plaza, donde continúa solo una parte de la aventura. Ernesto, vestido con traje y sombrero, recorre las calles del pueblo, regalando a los transeúntes minutos de improvisación e invitando a que asistan a los diálogos. Entre tanto, se llevan a cabo las sesiones express, en las que Laurence camina por la plaza y conversa con gente dispuesta a filosofar en pocos minutos.

Una de ellas es Rosa, una abuela que juega con su nieta Cristina en el parque: ocasión propicia para dialogar. Laurence, luego de saludarla, explica que este viaje es para conocer cómo piensan las personas de otros lugares. En Villarejo de Salvanés, específicamente, qué piensan los abuelos de sus nietos y qué piensan los nietos de sus abuelos. Rosa comenta que el mundo de los niños es tremendo, así como su imaginación. “Todos los niños preguntan mucho, esta es un libro abierto”, añade señalando a su nieta. Laurence, que dialoga con ella, se detiene en preguntarle cuánto le sorprenden las cosas de su nieta, proponiéndole que la próxima vez que ésta le haga alguna pregunta que no sepa responder, tome un cuaderno y la apunte para reflexionar sobre ella.

Así, suceden diálogos cortos. En ese instante, la voz alegre de Choukri exclamando “¡Palomitas! ¡Palomitas!” se escucha cerca de donde está estacionada la furgoneta, y empezamos a repartirlas en bolsas a los niños y adultos que pasan por allí. Justo en la entrada de la Casa de la Tercia, Bruno permanece sentado, pintando la torre del castillo en acuarela. Falta poco para que el diálogo filosófico comience. En seguida, invitamos a todos a entrar.

Recordar las ideas para construir

Las luces del salón están apagadas. La tenue iluminación solo corresponde a velas, faroles y lucecitas dispersas en el suelo. El olor a membrillo impregna el ambiente. Laurence está sentada en una de las sillas que conforma el círculo que se hace más grande con cada nuevo participante. Niños, jóvenes, adultos y mayores, algunos acomodados entre la moqueta y los cojines, curiosos por entender de qué va todo esto de practicar la filosofía.

En el primer acercamiento, ahonda en quiénes son los nietos que están allí, preguntándoles qué significa para ellos el “ser abuelo”. Uno de los niños, de unos siete años, levanta la mano y contesta: “Un abuelo es alguien que nos quiere mucho”. Tomando en cuenta esta idea, Laurence indaga en quién piensan igual que este chico. Al unísono, los presentes, dejan saber que para ellos es “lógico” que los abuelos quieran a sus nietos.

A partir de entonces, el diálogo filosófico se centra en las manifestaciones del amor entre los abuelos y los nietos, algunas de ellas reflejadas a través del cuidado y los mimos. También, en la paradoja de sentirse queridos por quienes no saben cómo expresarlo. Porque, a fin de cuentas, ¿acaso el amor lo enseñan en las escuelas?, pregunta. Algunos responden que precisamente las experiencias de la vida nos enseñan a amar.  

“Cada quien tiene su forma de expresar lo que siente”, “hay nietos que demuestran el amor más que otros”, “mi abuela no demostraba el amor como otros abuelos, pero igual nosotros la queremos mucho”, “mi nieto discute mucho con su madre pero no es capaz de decirle que la quiere”, son algunas de las frases que nacen de un ejercicio profundo, que a medida que transcurre la sesión, toca las fibras sensibles.

Más adelante, la conversación se orienta hacia cómo la rabia y el amor pueden ir de la mano, aunque a simple vista suelen ser conceptos contradictorios. En la sala, se comparten argumentos a favor y en contra de esta afirmación, así como experiencias personales vinculadas a ella. El instante propicia el contraste que nace de las opiniones cruzadas entre nietos y abuelos, quienes llegan a una conclusión más o menos común: debemos amar a los que estén con nosotros.

Es innegable que esta experiencia deja a todos consternados. Es lo que precisamente hace la filosofía: inquietar, remover, incomodar. Laurence, que mira el reloj y sabe que es el fin de la jornada. “Lo importante es que ahora pensemos en esta ideas fuertes y las repitamos porque dan fuerza. Si queremos construir algo, debemos recordarlo”.

En medio del estado de perplejidad, las luces se encienden y aparece el actor Ernesto Zuazo, con un espectáculo de improvisación, inspirado en los temas de los diálogos, valiéndose del humor para atrapar al público y hacerlo partícipe también de su trabajo, pues son ellos los que lanzan las palabras para que él  construya la historia. Asimismo, invita a los asistentes a que tomen como obsequios los adornos hay en la sala que se ha convertido en hogar durante este encuentro: las plantas características de Al Fresco, y los libros de distintos títulos distribuidos en el lugar, en un empeño por compartir medios que promuevan la lectura.

Aunque no todo termina allí. Al salir, las personas se consiguen con la exposición “Fotografía significa dibujar con luz”, de la artista Maru Zapatero, encargada de crear una obra durante el diálogo filosófico,  “poniéndole lupa” a los temas planteados. Sus fotografías se transformaron en marcapáginas diseñados por Esther San Vicente, quien armó, minuciosa, las piezas con las frases rescatadas en el encuentro y que son las que cuelgan con pinzas de una gran red. En este espacio, los asistentes se reencuentran con la experiencia que hace apenas unos minutos vivieron, sorprendidos por hallar sus palabras convertidas en arte. “Un abuelo es una persona que quiere mucho” es de una las frases impresas que se llevan. Cualquier regresa removido a casa…

“La filosofía nos concierte a todos”

Esta crónica quedaría incompleta si dejáramos de mencionar las palabras que dedicaron los compañeros de Turismo Villarejo de Salvanés en sus redes sociales. “La Casa de la Tercia también es la Casa de la Filosofía. Todo cabe en la Casa de la Tercia, todo encuentra su refugio en este histórico edificio frente a los asedios implacables del tiempo. Y es que la filosofía concierne a todos (…)”.

Hoy, cómo no, pensando, reafirmamos la creencia de que la filosofía es una alternativa de actividad cultural en la demanda de ocio como el cine o el teatro. Nos invita a la reflexión, al disfrute de encontrarnos con nosotros mismos y con los demás, y por supuesto, a transformar el mundo en el que nos ha tocado vivir.

Seguiremos llamando a la puerta de esta casa que queda abierta en Villarejo. Y reuniéndonos en«lugares comunes a nuestra identidad para despertar la llama del hogar humano que son esas preguntas fundamentales que siempre nos hacemos» . Y pararemos el tiempo en busca de respuestas con quienes estén decididos a acompañarnos.